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domingo, 2 de junio de 2013



Las chicas de la bañera

Sus cuerpos se descompusieron en horas, a tal punto que quedaron irreconocibles. Un inquilino fantasma y la muerte profunda que juega a las escondidas.





por
José Luis Gallego
Corría el año 1990 y yo apretaba mi dedo índice contra el timbre en una casa del barrio bonaerense de Florida, investigaba el caso de las Chicas de la Bañera. Una señora con los ojos repletos de venitas rojas salió a mi encuentro. La inquilina del departamento donde un par de años atrás, uno de los enigmas más complejos de la historia policial acosó el ingenio de los especialistas. La mujer desconfiaba, se le notaba en la forma de morder los labios para que no se escapen sus silencios. Finalmente accedió, como si de pronto hubiera reconocido en mis palabras un tono familiar y, rompiendo a llorar, me dijo: -"Necesito saber los nombres de las chicas muertas. Es que vamos a llamar a un cura, ¿sabe?. Acá las puertas se abren y se cierran solas…y ese frío en el baño, venga pase, pase".

La historia, también fue conocida como el caso de Las primas, dos jóvenes fueron halladas muertas en una bañadera. Sin ningún indicio o detalle que probara su asesinato. Una estaba acostada, la menor, 15 años, desnuda, la otra arriba. Juntas en la bañera,  la de arriba tenía 18 y estaba semi vestida con una bombacha y un chaleco de lana. Las dos muertas. Los cuerpos hinchados, cianóticos, el tejido necrótico e inflamado obligó a los bomberos a trabajar durante horas para desencajar los cuerpos. El nivel de descomposición era similar al que experimenta una cadáver luego de de estar dos meses en el agua.


Entonces, la mujer de los ojos rojos me invita a  entrar a la casa.

-"Yo no sabía que acá había pasado esto, cuando alquilé no me dijeron nada. A la noche se escuchan gritos y ese frió en el baño. Venga que le muestro".
Pero la puerta del baño estaba cerrada, la mujer golpeó y desde adentro una voz femenina dijo- "ocupado".

La inquilina me invita a sentarme. El departamento esta prácticamente igual, solo pasaron dos años, me da la sensación de aun escuchar a Enrique Sdrech hablar desde la tele: "lo más extraño de este caso es que cuando fuimos a hablar con la vecina de arriba nos enteramos que las chicas 48 hs antes  estaban vivas, le pidieron el teléfono a la locataria para llamar a un medico del hospital Vicente López, el doctor Brechiani, que efectivamente visito a las jóvenes. Es decir, a pesar de los signos de descomposición que databan de dos meses, apenas cuarenta y ocho horas antes estaban vivas."


El té estaba frió y las galletitas rebosaban de humedad, la mujer de los ojos irritados me miraba fijo. Observándola bien me doy cuenta que es mucho más joven de lo que aparenta, al final la ocupante del baño sale envuelta en una toalla sorprendiéndose de la presencia de un extraño en la morada, al tiempo que se escabulle ágilmente.


Entrar al baño y volver a observar los azulejos tristes me transportó de inmediato al olor de la pipa del comisario Torre, del servicio especial de investigaciones técnicas, con su bigote prominente diciendo: -Mamba Negra, pero ¿a usted le parece? Una Mamba Negra, estos periodistas no tienen cara"- Torre se refería a la hipótesis de la Mamba, pequeña serpiente de 20 cm proveniente de África cuyo veneno produce la descomposición acelerada de sus presas, una teoría un poco descabellada pero la única explicación a la extraña descomposición de los cuerpos. ¿Por qué las dos jóvenes estaban muertas? Y el estado de sus cuerpos, ¿porque estaban juntas en la bañera? Finalmente el caso fue archivado como muerte accidental por monóxido de carbono, sin embargo, las ventanas estaban abiertas. ¿Porque murieron? Los enigmas quedaron flotando en la impune atmósfera que cubre este tipo de sucesos y nadie volvió a preguntar por ellas.


La inquilina de los ojos irritados estaba aterrada, aseguraba que los espíritus de las jóvenes no estaban dispuestos a abandonar la morada. La muchacha que se escabulló del baño se presentó y corroboró el relato de su compañera, "las almas de las chicas penan por la casa, lloran de noche"-dijo.




-¿Puedo hablar con la locataria, la dueña a la que las chicas pidieron el teléfono aquella noche?- les pregunté. Ellas me señalaron la puerta de la dueña de casa. Golpeé la puerta y me atendió una viejita, cara de cascarrabias

-¿Periodista? No quiero hablar con periodistas, ¿quien lo dejo entrar?
-Las chicas me dijeron que usted me podía ayudar- me excusé.
-¿Que chicas?
-Las del departamento de abajo.
-Mentira, ¡voy a llamar a la policia!
-¿Cómo que mentira?, ¡ellas me abrieron!- insistí ofuscado y confundido.
-No hay ningunas chicas en el departamento, si nadie me lo quiere alquilar, ¿no se da cuenta? La gente tiene miedo, dicen que hay fantasmas.

Fue entonces que se me debilitaron las piernas, y me sentí algo mareado.

La mujer debe haberse dado cuenta, porque terminó de abrir la puerta y me ofreció sentarme. Luego me acompaño al departamento para verificar lo que ella decía.

La casa donde acababa de tomar un té con galletitas estaba vacía, no había muebles, ni siquiera cocina y, por supuesto, no había ningún rastro de la mujer de los ojos irritados. Afuera soplaba un viento cálido del norte que amagaba una tormenta que jamás llegaría, sin embargo en ese baño, en ese departamento de la localidad de Florida, el frió era intenso y permanente.

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sábado, 1 de junio de 2013


El extraño caso de la Lavandera de Brandsen

El Luciernaga. El accidente de trenes más trágico de la historia argentina. Una casa en medio de la nada, dos periodistas y una anciana. Si usted es sensible, mejor, no lea esta historia.

por
José Luis Gallego
La mujer era linda, pálidamente hermosa. Fumaba y se sentía amada junto a su taza de café. Su compañero la contemplaba y para ellos solo existía el presente. Junto a la mesa, en el bar del tren nocturno, desde la ventanilla, la pradera estrellada de la Pampa, era como un mar donde flotaba el futuro. Futuro finito, que no sucedió más allá de la curva, para ellos al menos. Final feliz. Ella lo besó y él no llegó a decirle lo que tenía guardado desde hacía tanto tiempo.
El Luciérnaga salió con 13 vagones desde Mar del Plata el día 7 de marzo de 1981, a las 23,55, con destino a Plaza Constitución. 803 pasajeros a bordo. A las 4,20 de la madrugada, cuando el tren volaba a 120 km por hora, de pronto, la suerte abandonó a los presentes en Brandsen, saliendo de una curva en el km 68, la locomotora chocó contra la punta de un vagón cisterna descarrilado unas horas antes. Al impactar, la máquina se clavó sobre su trompa y dio un tumbo, mientras los vagones se aplastaron unos sobre los otros, como palitos chinos. Lejos de toda ayuda posible, el inmenso sufrimiento provocado por tan terrible tragedia, acorraló a las almas de aquellos que finalmente perecieron.
Años después, por los campos de Brandsen, en la zona donde chocó el Luciernaga, se siguieron oyendo ruidos nocturnos de hierros retorciéndose y gritos desgarradores de mujeres y niños. Los vecinos hablaban de luces demoníacas sobre los campos en la zona del accidente ferroviario. Sin embargo, lo que producía más terror en las miradas de los lugareños era la mención del nombre de la “Lavandera”, una anciana que vivía sola frente al lugar del accidente. Apenas preguntábamos por ella o, desistían de seguir conversando, o bien, directamente, decían: “De eso no se habla”.

Miércoles 6 de 2007.
17:30hs. Brandsen, Buenos Aires.
El remis nos dejó como a 20 cuadras. Leandro puteaba, pero el tipo había sido claro: “Yo hasta ahí no voy”. Cuando llegamos atardecía. La propiedad no tenía vecinos, una acequia dividía la vereda de la calle de tierra. Desde la puerta de la casa hasta la vía, había unos 40 metros. Llegando, vemos ropas tiradas. Levanto un suéter, roto, engrasado. Y así, pantalones, camisas, zapatos, por todos lados. Junto a la puerta, una montaña de pilchas, casi deshechas.

Toco el timbre. Lea se aleja unos pasos y me dice: “Pise mierda”.  Entonces, sale la vieja. Flaca, viejita, arrugada. Las manos con espuma. Nos mira, como quien hace mucho que no espera a nadie y dice: “Pasen, pasen” con vos dulce, finita. La casa parecía derrumbarse sobre sí misma, inhabitable. Montañas de ropa sobre la mesa, las sillas, el piso, la mesada. “Disculpen” dice, “No queda lugar, hay mucho trabajo” e, inmediatamente, se pone a colgar una prenda sobre un perchero de pie.
A esta altura el aroma rotundo de la zapatilla de Lea se había vuelto molesto, vergonzoso. Sin embargo, esto parecía no importarle. Leandro andaba como tratando de oler algo, pero con los ojos. Finalmente lo descubrió. Con los ojos como platos me señalaba una foto sobre un altarcito lleno de velas. Una foto 10 x 15 de un conductor ferroviario, de pie, orgulloso, delante de la locomotora.
¿Quién es el de la foto? - Pregunté, al tiempo que prendí el grabador.
-Mi marido, Domingo Fernandez - dijo la viejita- el maquinista del Luciérnaga.
-¿Qué hace usted acá sola?- preguntó Lea.
-Siempre hay mucho trabajo, no es solo lavar, hay que secar, planchar, ¿vio? Una tiene hacerse cargo de todo- la última parte de la frase la dijo como rumiando el remordimiento, una piedra pesada colgando de su conciencia. Después, dejó de lavar, se secó sus manos en su delantal mugriento. Fue hasta el armario y guardó la ropa, con perchero y todo.

-¿Para quién lava toda esta ropa?-pregunté.
La vieja como respuesta, me miró, entrecerrando los ojos, con esa mirada sabia que solo tienen algunos ancianos, esa expresión que quiere decir algo así como: “No me preguntes cosas que ya sabes”. Después observó por la ventana  y, sonrió. Al seguir la mirada de la Lavandera, me di cuenta que estaba amaneciendo. Habíamos llegado como mucho hacia 20 minutos y, cuando tocamos el timbre, atardecía. Incongruente. Eso nos descolocó, como que perdimos el equilibrio. Sin embargo, lo que sucedió a continuación, fue lo que marcó nuestras retinas a fuego, con una imagen que nuestros subconscientes nunca pudieron borrar.

La fina luz residual del amanecer penetró por la ventana rota junto con la bruma del rocío matutino tiñendo todo de un naranja entrañable. Los primeros rayos iluminaron el techo, luego la espalda de la vieja y finalmente sus manos. La luz llenó la habitación contestando todas nuestras preguntas, inclusive aquellas que jamás pensamos en formular.
Advertimos  atónitos, que aquello que parecían percheros de pie, en realidad, eran personas. Lo que hacia la vieja era vestirlos, uno por uno. Estaban alineados y calladitos haciendo cola. Como los pasajeros que esperan para tomar un tren. Hombres, mujeres y niños pálidos, prácticamente gaseosos. Había muchos, porque la cola daba la vuelta entre nosotros y atravesaba la pared en dirección al sudeste. La vieja los vestía, uno por uno, con ropa limpia y, uno a uno, los iba acompañando hasta el fondo. Lo que parecía un armario, en realidad era una puerta, donde los pasajeros fantasmales se perdían en una luz incolora y misteriosa.

Inmediatamente, Leandro me agarró del saco y me sacó de ahí. Yo no se, si este pibe no me rescata, yo no se si volvía. Había empezado a sentirme tan cómodo. Esa pequeña mujer arrugada, condenada eternamente a limpiar, parecía tener, detrás de los barrotes de la culpa, un alma generosa. Me vinieron unas ganas irrefrenables de abrazarla. Sentí los brazos de mi compañero y de pronto estaba afuera.

Cuando salimos, la oscuridad se había adueñado de toda la luz, excepto, aquellos fotones que previsoras, guardaron las luciérnagas. Caminamos como sonámbulos hasta la ciudad. Esperamos hasta la mañana siguiente, en un banquito de la plaza, sin mirarnos y, mucho menos dirigirnos la palabra.


Esta historia surgió de un trabajo en equipo que empezamos con Leandro, algo así como un Cadáver Éxquisito. Yo tenía ganas de trabajar con el caso del Luciérnaga y a Lea se le ocurrió la idea de la ropa tirada. Finalmente uní las piezas y salió: la Lavandera de Brandsen.José Luis Gallego
fuente 24con